Tenemos que hablar de GAFAs

En un hecho histórico, los CEOs de las llamadas GAFA: Google (Sundar Pichai); Amazon (Jeff Bezos); Facebook (Mark Zuckerberg) y Apple (Tim Cook), las cuatro mayores empresas tecnológicas de Estados Unidos, con poder de dominio en buena parte del mundo, comparecieron ante al Congreso de ese país en una audiencia de más de cinco horas, en la que rindieron cuenta sobre acusaciones vinculadas a su poder de mercado y posibles prácticas anticompetitivas.

La audiencia llevada adelante por la subcomisión antimonopolio de la cámara baja llega como corolario de una extensa investigación de más de un año, que involucró al Departamento de Justicia, la Comisión Federal de Comercio y fiscales de unos 50 estados. Antes de la citación se estima que se reunieron 1 millón de documentos en calidad de evidencia. Los representantes, tanto demócratas como republicanos, hicieron preguntas punzantes y bien informadas, y aunque no dejaron de reconocer el aporte de estas empresas a la innovación y la economía del país, fijaron el tono de la sesión desde el comienzo, cuando, sin mucho preámbulo sostuvieron que los 4 gigantes “tienen demasiado poder, lo que evita nuevas formas de competencia, creatividad e innovación”, al tiempo que las acusaron de haber “ejercido su poder de manera destructiva y perjudicial para expandirse”.

El creciente escrutinio sobre la conducta e impacto de estas empresas sobre la economía se observa tanto en Estados Unidos como en otros países capitalistas centrales, desde donde se encienden alertas frecuentes sobre los límites de la autoregulación y la necesidad de diseñar regulaciones legales desde los estados, para mitigar el daño que producen en la competencia y por extensión, a los usuarios. Pero son tantos los temas por los que puede abordarse a estas empresas que, junto con responder por sus prácticas comerciales, debieron referirse también a una agenda más extensa que abarcó temas como moderación de contenidos, desinformación, influencia política, sus vínculos con otros países (con especial interés por China) y la seguridad nacional.

Aunque la escena de los cuatro hombres fuertes de las “big-tech” dando explicaciones ante una subcomisión del Congreso parecía poco probable hace apenas algunos años atrás, las empresas anticipaban este desenlace. En los últimos 10 años, las cuatro compañías comenzaron a lubricar sus relaciones con Washington, y en conjunto invirtieron USD 350 millones en acciones de “lobby” para mantener “bien informados” a los políticos en la Capital.

El enorme poder distorsivo de estas empresas se ha forjado a lo largo de los años gracias a la acumulación masiva de datos de los usuarios que hace inviable el surgimiento de cualquier tipo de competencia. Google domina el 90% del mercado de búsquedas en occidente y junto a Facebook controlan el 60% del gasto en publicidad digital, lo que claramente les permite fijar los precios.

Uno de los mecanismos más frecuentes que apalancó el fenomenal crecimiento de las cuatro grandes ha sido fagocitar empresas más pequeñas en los más diversos rubros, incluyendo a competidores directos de algunos de sus productos. En conjunto, estas cuatro empresas han comprado desde su creación a otras 530 compañías. Desde 1998, Google compró 241 empresas, a razón de 11 compras por año, casi 1 por mes. En algunos casos se trató de la adquisición de empresas de pequeño porte y por sumas más o menos discretas. Otros casos como la compra de Instagram y WhatsApp (Facebook) y YouTube (Google) fueron noticia a nivel global por implicar el desembolso de miles de millones de dólares.

Con la única excepción de Google, el resto de las grandes empresas resultan de las pocas ganadoras en el actual contexto de contracción generalizada de la economía mundial. Las grandes tecnológicas cuentan hoy con sumas millonarias de efectivo, por lo que no se descarta que salgan nuevamente de compras, al “rescate” de pequeñas empresas dañadas por la pandemia. Una de las últimas compras de Google, la empresa de wearables Fitbit, se encuentra paralizada o bajo investigación en varias regiones del mundo, entre ellos Brasil, Australia y la Unión Europea. La incorporación de esta firma a su cartera, le permitiría a Google hacerse de datos sensibles relacionados a la salud de las personas. La cantidad de pasos diarios, la cantidad y calidad de horas de sueño, la alimentación, los niveles de estrés y el ritmo cardíaco son algunos de los datos de millones de usuarios actuales de Fitbit que pasarían a engrosar la ya insondable mina de datos que posee Google.

Estados Unidos sienta en el banquillo de los acusados a sus grandes tecnológicas a 100 días de las elecciones presidenciales, pero las defiende férreamente como parte de su política exterior. Un doble estándar que sí se puede ver. Recientemente el país se levantó de la mesa de negociaciones de la OCDE que estaba a punto de llegar a un acuerdo sobre la imposición de tributos globales para las empresas tecnológicas. Una actitud similar tiene en sus relaciones bilaterales, amenazando con represalias económicas a los países que, como Francia, intenten imponer aranceles locales a estas empresas.

En un informe reciente, la Autoridad de Competencia y Mercado de Reino Unido reconoció que el poder de Google y Facebook es tan arraigado que las herramientas actuales no garantizan la competencia. Por eso recomienda, entre otras cuestiones, regulaciones que puedan actuar de forma previa a que se consumen los hechos. Aunque existen discusiones, diagnósticos y propuestas provenientes de distintas geografías para corregir las ya profundas distorsiones en los mercados digitales, no es de esperar una solución simple y rápida a este problema global. Pero si el primer paso para resolver un problema es reconocerlo, el Congreso de Estados Unidos (por cierto, único país en la tierra que podría crear un momento institucional como el que vimos) dio un paso histórico al ponerle rostros, nombre y apellido al problema, y admitir que ya era hora de hablar (en serio) sobre los GAFA.

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